"¿Qué dirá la historia de mí dentro de seiscientos años?, se preguntaba Marcus Tullius Cicero (106-43 a. C.), para quien la mejor recompensa a la virtud, la más magnífica, era la gloria. Y lo cierto es que la consiguió, porque la historia, dos mil años después, no ha olvidado a Cicerón. Personaje discutido como pocos de la Antigüedad, para unos habría sido un político inconsecuente e intolerante, un ególatra insufrible; para otros, un luchador incansable por unas ideas de libertad, por un modelo de sociedad y de hacer política que se desvanecían; para todos, el orador de enorme talento, retórico experto y aceptable filósofo, un inquieto intelectual de conocimiento enciclopédico.