Gonzalo Celorio ha dedicado su vida a que nuestra lengua y nuestra literatura aumenten su grandeza. Es justamente en este carácter que va de la escritura a la oralidad donde apreciamos lo que ha recogido y compartido con tantos amigos y maestros. Este es un libro de amor. Solo que el amor está dirigido a un oficio meticuloso, que cruza los amaneceres y las madrugadas, y que convoca a tantos profesores, académicos y escritores que trabajan solitariamente en un provecho común. Este, por tanto, es también un libro de amistad. Esa amistad silenciosa de los libros (citando mal a Borges), pero también de las reuniones festivas en cierta casa, en cierta esquina bajo la luna de México y de otros lugares del mundo. Pero sobre todo de México, cuya tradición literaria y filológica se nos ofrece, reinterpretada y homenajeada una y otra vez. Porque no nos podemos entender, como poseedores de nuestro idioma, sin lo que México ha aportado y sigue aportando a nuestro idioma común, pues es su mayor río en cuanto a número de hablantes, además de obras maestras en novelas, poemas, ensayos y, por supuesto, canciones. Los prota