Christian Wolmar relata la fascinante construcción de una de las mayores obras de ingeniería sobre un territorio traicionero y habitado únicamente por tribus dispersas y convictos de los campos de trabajos forzados. Con más de 10.000 km de vías y siete husos horarios, el ferrocarril del Transiberiano se convirtió en la arteria vital de Rusia y en un símbolo de su expansión.